Malas decisiones

Supongo que todos hemos tomado malas decisiones en la vida, esta fue una de ellas. Era una tarde de invierno, y os preguntareis, «venga ya Celia te acuerdas de todo o cómo va esto». Bueno pues sí, era una tarde de enero, celebraba mi cumpleaños y se dio la circunstancia de que nos juntamos un buen grupillo en mi casa. No me enrollaré con el evento, pues no es lo que nos ocupa, más bien iré directa al final.

Nos despedíamos de una compañera en el portal, nueve personas componíamos el destacamento. ¿Qué por qué me acuerdo? No os aceleréis que os lo cuento.

Después de los besos y los: «ya volveremos a vernos», nos disponíamos a regresar al dulce calor del hogar. Allí estábamos plantadas las ocho personas restantes en frente del ascensor. Supongo que todas nos planteábamos quién subiría por las escaleras. Obviamente, nunca es buena idea superar el aforo recomendado. Así que para sacarnos de dudas la más valiente e impetuosa decidió por todas nosotras:

—Oye, si cabemos, por qué no entramos todas y solucionado.

Todas aceptamos el desafío. Sabíamos que no era buena idea, y no lo era, pero allí estábamos. Observábamos como subía con dificultades la cabina, escuchábamos el traqueteo… pero eran dos pisos, lo conseguiríamos. Y se detuvo nuestro ascensor en el segundo, lo logramos, pero había un problema, la puerta exterior no se abría.

Cundió el pánico.

—¿Pero entra el aire por aquí? —comentaba una.

—Por cierto, sabéis que si se cayese, se nos meterían las piernas para adentro —aseguraba la más tétrica.

—Soy claustrofóbica —recordaba otra, que se acababa de dar cuenta en ese momento y no cuando nos planteábamos si subir por las escaleras.

—¡Callaos! Voy a llamar al servicio técnico y tenéis que estar en silencio —declaraba la más madura de todas. Escuchamos los pitidos del intercomunicador. Se oye la voz del interlocutor, nuestro salvador:

—Buenas noches, ¿cuál es el problema? —como si no fuera obvio porque clicamos la campanilla del ascensor.

—Nos hemos quedado encerradas —afirmaba la líder de la conversación.

Entre el resto, risas nerviosas.

—Venga que igual los bomberos que vienen son muy guapos —soñaba la ligona.

—¡Qué os calléis! —fue la enérgica interrupción de la responsable.

Vuelve a dirigirse a nuestro interlocutor dándole el número de teléfono que nos había pedido. Esperamos en silencio. Hay sonido en el pasillo del ascensor, han salido de nuestro dulce hogar para recibirnos. Nosotras seguimos todavía encerradas en el ascensor. Escuchamos las risas del resto de asistentes de la fiesta.

—Pues yo tengo que estudiar para el examen del lunes —fue el oportuno comentario de una de las encerradas.

La responsable volvía al tema importante con nuestro interlocutor:

—¿Pero cómo podemos salir? —la respuesta fue rápida.

—Intenta darle a un botón que se encuentra entre la cabina y la puerta exterior —lo presionamos, se abre la puerta, nos salvamos.

—¿Pero cómo os habéis metido todas ahí dentro? —decía un invitado sorprendido, al vernos salir a trompicones.

Y es por esto queridos amigos, si os encontráis en la misma situación, si el ascensor es de 4 personas, nunca, nunca será buena idea, duplicar el número recomendado de individuos de su interior.

 

Celia Llamas Lozano, colaboradora Revista Galeradas

1 Comentario

  1. A veces la euforia, el descontrol de una expectante fiesta, la excitación del momento, la búsqueda de nuevas emociones, el descubrir nuevas sensaciones, nos nublan el juicio y nos conducen a tomar temerarias e impudentes decisiones…Error.
    Instructivo, ameno y moralista en un relato ágil y cotidiano.
    Una situación especial podía haber acabado en tragedia.
    Conclusión: no tomes decisiones alocadas en caliente.
    Enhorabuena Celia. Muy buena prosa y un buen dominio del diálogo.

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