Comprar libros online

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Como decía el contemporáneo, «los tiempos cambian que es una barbaridad». No hace falta ser ningún augur para darse cuenta de que la cibernética manda y los tiempos van cambiando a su son. Esto es posible que nos disguste a muchos pero, como en el caso de las hispánicas lentejas, «si quieres las tomas y si no las dejas»; no va más, señores.

Mientras los sufridos libreros se las ven y se las desean para llegar a fin de mes —a fin de curso aquellos que venden libros de texto—, empresas por todos conocidas se llenan la buchaca del oro que los lectores fieles se siguen dejando en libros de toda índole.

Charles Darwin
Charles Darwin

El ínclito Darwin nunca dijo que «sobrevive el más fuerte», como se suele leer por estos contornos, sino que «es el que mejor se adapta quien sobrevive». Esto precisamente es lo que están haciendo muchos libreros de este solar asolado por pandemias y crisis que se van sucediendo, dejando a su paso mucha librería zombi cuando no cadáver. Lo bendecimos y lo glorificamos, como no: esta adaptación al proceloso mundo de internet ya representa buena parte de la soldada con que los aguerridos libreros se ganan el salario de horas pacientes ante los estantes repletos de libros.

Por un puñado de euros —lo que cuesta una buena tienda de libros on line— una librería puede dar el salto con red al ciberespacio, sin arriesgar casi nada y sin tener que dedicar más espacio y recursos a los infinitos libros que pondrá a merced de aquellos adelantados que ya lo adquieren todo a través del ciberespacio. No es mala opción y solo basta con formarse un poco en estos avatares.  

Escucho a menudo a muchos colegas del sector que estallan contra la modernidad: «contra la que se nos viene encima», dicen. Profesionales de toda la vida maldiciendo las nuevas tecnologías como se maldice a una pandemia. Todos ellos me recuerdan a los pescadores ingleses que quemaron los primeros barcos de vapor, pensando que así se olvidarían los gobiernos de nuevas formas de propulsión distintas de la vela. Pero «nada puede con el destino», que dijo el mismísimo don Álvaro en la pluma del duque de Rivas.

Libro de Sarah lark
Los libros sobrevivirán a internet

Porque en estas cosas no debe haber ni partidarios ni detractores; debemos huir de cualquier polémica que diluya la realidad, que nos disperse como lo hacen los asuntos políticos patrios. Este es el medio y en nosotros, libreros y editores, está el saber o no adaptarnos. Si lo hacemos como Dios manda el libro en español sobrevivirá y los libreros con él. Es verdad que algunos templos del libro se acabarán perdiendo por el camino —¡con lo que me gustan a mí las librerías de siempre!—, pero eso es otra historia y la abordaremos en otro artículo.

Quede claro, antes de que me vilipendien en las redes sociales, que no es este un artículo a favor de la venta de libros online; ni siquiera de tanta modernidad (ya no tiene uno edad para alabar estas cosas). Más bien se trata de una reflexión sobre lo absurdo de oponerse a los designios del Dios destino, que ni nos quiere ni nos odia pero es siempre omnipotente e inescrutable.

Luis Folgado de Torres es editor.

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Revista Literaria Galeradas. Foto libros ordenador
Libros online

Por Luis Folgado de Torres

Mira que me gustan a mi poco los neologismos innecesarios —y este lo es como tantos otros— pero, a estas alturas, todos los españoles identifican mejor el comercio a través de Internet mediante la expresión «online» que usando ninguna otra. Prometo, al menos, poner el término en cursiva.

Esta macro-pandemia que nos asola puede dividirse en tres bien diferenciadas, aunque con las mismas catastróficas consecuencias para la población. A saber: la pandemia vírica con efectos directos sobre la salud, la pandemia económica que ya está llegando y que nos dejará más pobres y la pandemia política que ya va haciendo estragos, en forma de migraña, apatía, desazón e indignación sobre la mayor parte de los que poblamos este país, por el momento. Solo están inmunes ante esta última aquellos que han conseguido un carguito previamente, arribistas del poder, las personas que padecen alzheimer u otras dolencias del cerebro y aquellos que carecen de este órgano.

Mientras tanto, las empresas que sobrevivieron a Zapatero y las que otros incautos se atrevieron a emprender durante la crisis anterior, vuelven a inventarse al margen de ICOS que se anuncian pero no llegan y los futbolistas se preparan —al margen de las fases de «desescalada»— para acallar las críticas a los gobernantes que no estuvieron atentos a lo que pasaba en China y luego en Italia. Pero ¿cuál ha sido la reinvención de las editoriales? Aquí hay poco margen para derrochar imaginación porque, como dice un distribuidor amigo, «desde lo de los libros por Internet está todo inventado». Y es verdad, pero si los ciudadanos piensan que con comprar libros online todo está arreglado en el sector, se equivocan enormemente. Los márgenes comerciales que conceden los libros así distribuidos son exiguos y no van a permitir una «renta vital mínima» que permita vivir con dignidad a todas las empresas del sector. Solo las grandes editoriales podrán sobrevivir a esta debacle, con toda la destrucción de puestos de trabajo cualificados que esto conlleva.

Por todo ello, resulta urgente abordar la crisis pandémica del sector editorial desde un doble ámbito: permitir la apertura de librerías lo antes posible (por supuesto con todas las medidas de profilaxis previamente implementadas) y apoyar económicamente a este sector como «dicen» que va a hacerse con otros.

Recientemente se han aprobado en Consejo de Ministros ayudas al sector cultural del todo ridículas y a repartir entre las bellas artes, las artes gráficas, el sector audiovisual y el de los libros. Insisto, ridículas comparadas con cualquiera otra como la que el gobierno concedió de forma directa a las televisiones que amablemente nos entretienen con «chupipandis» de balcón y guitarra y las gracias macabras de aquellos que se han vuelto graciosos durante la cuarentena. También nos deleitan con sus opiniones los improvisados gurús que hablan del comportamiento del virus como si lo conocieran o nos tratan de convencer de que «de esta salimos mejores personas», como si de ridículos trasuntos de Paulo Coelho se tratasen.

El sector editorial es el reservorio natural —si me permiten la analogía— de la cultura en español. Si acaban en la calle magníficos correctores, lectores profesionales, maquetadores, diseñadores; si dejan de publicar escritores, ensayistas, poetas… qué va a ser de nuestro español. Imagino que quedará a merced de más y más neologismos innecesarios, palabros tan horrendos como «desescalada» y de frases descabaladas, callejeras, como las que aparecen en las redes sociales, que son compartidas por los depredadores televisivos del idioma español.

Mientras el gobierno anuncia medidas de apoyo para la España despoblada, lo que parece una estupenda idea, nuestro legado cultural se va despoblando de personas que durante siglos han mimado el idioma y preservado un entorno cultural que resulta la esencia de nuestra nación.

En un ámbito cultural cada vez más asintomático, el Estado debe buscar una vacuna capaz de salvar a las empresas que velan por la difusión de la verdadera cultura, aquellas que divulgan y no vulgarizan. Las editoriales resultan, sin el menor género de dudas, anticuerpos contra la degradación de nuestro idioma; el segundo de este mundo tan enfermo.      

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