Escritores y el Dios Baco en la taberna

Revista Literaria Galeradas. Dios Baco

Revista Literaria Galeradas. Dios BacoPor Adolfo Marchena

Se dice que la fermentación es un proceso que tiene mucho de poesía y magia. Un proceso donde el azúcar natural del fruto se transforma en alcohol, y así nace el vino. Aunque se han encontrado restos de viñedos en el Caúcaso que tienen una antigüedad de 7000 años, no es hasta la Edad de Bronce (3000 a. C.) cuando se estima el verdadero nacimiento del vino. Los arqueólogos han encontrado indicios que fijan el origen de la primera cosecha en Súmer, en las fértiles tierras regadas por el Eúfrates y el Tigris, en el Próximo Oriente, en la antigua Mesopotamia. La referencia más antigua sobre esta bebida la encontramos en el Antiguo Testamento, cuando “Noé comenzó a labrar la tierra, y plantó una viña; bebió el vino y se embriagó” (Génesis 9-21). In vino veritas, afirmó Plinio el Viejo: en el vino está la verdad.

En La Odisea, de Homero, en uno de los episodios más célebres, Odiseo y los suyos quedan atrapados en la cueva del cíclope Polifemo, siendo devorados poco a poco por el gigante. Se salvan gracias a una ocurrencia del protagonista, que ofrece al monstruo una bebida que nunca había probado: el vino. Polifemo acaba dormido por el efecto del alcohol y eso le costará perder su único ojo y su comida humana. La barrica (o barril) de amontillado, de Edgar Allan Poe, es uno de los cuentos más característicos del poeta y narrador norteamericano, incluido en las Narraciones extraordinarias, recopilación cuyo título se debe a Baudelaire. A mediados del siglo XIX, durante el carnaval de una ciudad italiana (no se especifica), Montresor traza un taimado plan para vengarse de Fortunato. Tras llevarlo ebrio a su palacio, le incita a bajar a la bodega para que pruebe el exquisito vino jerezano que da título a la obra.

El mencionado Baudelaire canta al vino, enumerando algunas de sus propiedades y el compañerismo que provoca esta bebida en su poema El alma del vino, que forma parte del libro Las flores del mal. Un título que le honra debido a su vida bohemia, repleta de excesos. Por este libro, el autor fue procesado por “ofensas a la moral y las buenas costumbres”. El poeta dijo: Para no ser los esclavos martirizados del tiempo, embriagaos, ¡embriagaros sin cesar! Con vino, poesía o virtud, a vuestra guisa. Tomarse un vino no es un acto cualquiera. Requiere de los sentidos: la vista, el olfato y el gusto; incluso el tacto. Como esa arquitectura literaria, que diría Gabriel García Márquez. Se descorcha la botella y se sirve el liquido. Se huele el corcho. La copa se coge de una determinada manera y se apoya sobre un fondo blanco. Se agita, se mete la nariz y se huele en sucesivas fases, donde se bascula la copa ligeramente. El ataque son las primeras sensaciones que se perciben cuando el vino llega a la boca. Una manifestación de sabores se procesa en la boca. Se busca la textura y al caldo se le denomina con adjetivos como seda, terciopelo o satén. Se traga el vino para destacar su final. La cata, no obstante, es mucho más compleja de lo aquí expuesto. Existe la musicalidad y un determinado estilo en todo este proceso, como sucede con la literatura. Tiempo de fermentación en la barrica, necesario como la disciplina en el acto creativo.

 Son muchos los escritores que a lo largo de la historia se han acompañado de la botella: Lowry, Horacio, Rebelais, Roth, Gonzalo de Berceo, Bocaccio, César Vallejo, Bowles, Juan Rulfo, Marguerite Duras, Dorothy Parker o Dylan Thomas. Truman Capote tenía la teoría de que todos los literatos necesitaban el alcohol para combatir la página en blanco. Capote dijo: Un día, comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble, pero implacable amo. Ese encadenarse, también, a la botella como sucedió con cinco autores que figuran a la cabeza de la lista de bebedores: Sylvia Plath, Charles Bukowski, Francis S. Fitzgerald, Hemingway y Edgar Allan Poe. Se especula que el vino fue la tabla de salvación para este grupo de escritores. No es cuestión de analizar ahora la diversidad de estímulos que existen para emprender la creación, en cualquiera de sus manifestaciones. Si bien es cierto que, literatura y alcohol, son el coctel perfecto para que surjan infinidad de teorías acerca de la conveniencia o no, de este matrimonio. Una actitud que provoca mucha morbosidad, llegando incluso a solapar al escritor. Autores que pueden ser asociados a la frivolidad, los escarceos, la “mala vida”, etc., no siempre bajo un prisma saludable.

Se puede afirmar que Bukowski hizo del vino (y la cerveza) un modo de vida. El viejo indecente, como se le conocía, o Chinaski, plasmó en sus relatos y poemas, todo un decálogo sobre la literatura y el vino. Casi toda su obra destila una atmósfera cargada de sexo, alcohol y esa búsqueda diaria por sobrevivir en un mundo que no le gustaba ni le atraía, en absoluto. En uno de sus poemas, Y el vino era bueno, escribe: he saciado mi sed / en el pozo / de mí mismo / y el vino era bueno / el mejor que he bebido, / y esta noche / sentado / mirando dentro de la oscuridad / y ahora entiendo / la oscuridad y la / luz y todo lo que hay / entre ellos. El autor de Etílico, Carlos Mayoral afirma que: El consumo de alcohol por parte de los creadores era antes una necesidad pero –concluye- quienes enarbolan hoy esa bandera lo hacen más por una cuestión de imagen que de deseo. Afirmación con la que se puede estar más o menos de acuerdo. Y que, aunque el tema esté demasiado trillado, seguirá generando debates y controversia.

En la fría madrugada del 11 de febrero de 1963 Sylvia Plath decidió meter la cabeza en el horno. Desde entonces, su vida es una de las más estudiadas. Sus días fueron un continuo tormento que reflejó en sus obras, especialmente en su poesía. Conocida como Sherry en la adolescencia, publicó el poemario El coloso en 1960, aunque su libro más conocido sea la novela La campana de cristal. De carácter autobiográfico, la autora lo firmó con el seudónimo de Victoria Lucas. En torno a Sylvia Plath se ha creado el mito de la mujer silenciada. Una mujer silenciada porque su infiel marido, el escritor Ted Hughes, eliminó parte de su diario. Una mujer que vivió una relación tempestuosa y destructiva. Aunque el vino no sea el protagonista, merece la pena transcribir este pasaje de La campana de cristal: (El vodka) no sabía a nada pero bajaba directamente hasta mi estómago como la espada de un tragasables y me hacía sentir poderosa y semejante a un Dios. Vodka o vino, es indiferente, se bebe por o para… Lo que uno vive, lo que uno admite; todas esas cimas que, estando sobrios o ebrios, habremos de hollar. Aunque después, cuando ya no estemos (o incluso estando), surja la leyenda o el mito. Para quedarse siempre, como un buen sorbo de vino deslizándose por la garganta.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*