Y a mí ¿quién me corrige?

Revista Literaria Galeradas. Corregir

Por Guillermo Obando Corrales

La primera vez que alguien me corrigió yo tenía ocho años. Lo hizo mi abuelita materna, profesora de español forjada en un colegio cristiano de Masatepe, municipio del departamento de Masaya, Nicaragua.

—No se dice iendo, sino yendo, que pertenece a una de las tres formas impersonales del verbo: gerundio, infinitivo y participio —dijo la señora, imponente.

Desde entonces nunca olvidé que cometía un error «grave» al pronunciar —e incluso escribir— la y de yendo como i. Pero, y ahora digo que por fortuna, a continuación se sucedieron un sinnúmero de correcciones más, hechas por mi propia abuelita, que apuntaban al haiga en vez del haya, al hubieron peleas en vez del hubo peleas, al yo y Jorge en vez del Jorge y yo.

Revista Literaria Galeradas. CorregirSe podría afirmar, pues, que mi acercamiento inicial con la corrección —como no podía ser de otra manera— se dio desde la condición del que es corregido.

Aunque no tardaría mucho en ubicarme del otro lado de la vida, como sujeto corrector, detectives de erratas cometidas mayormente por muchachos que a mi edad continuaban diciendo mas sin embargo en vez de sin embargo. En el fondo, se trató ello de una necesidad, de una búsqueda: quería saber por qué compañeros y maestros míos hablaban y escribían igual o peor que yo.

Un hecho que contribuyó a satisfacer bastante aquel entusiasmo lo viví al cumplir 16 años, cuando me chateó Guillermo Goussen Padilla, escritor nicaragüense residido en México que por desgracia —te odiamos, 2020— ya no habita más entre nosotros. El mensaje era largo; decía, resumiendo, lo siguiente: «Tenés talento, pero escribís con las patas. Te enseñaré a hacerlo bien. Solo teneme paciencia».

Y vaya que a la postre Goussen Padilla terminó cumpliendo su palabra. Claro, yo también tuve aguante.

Sin embargo, la única diferencia entre él y mi abuelita fue el método: al corregirme, ella actuaba como jueza medieval, implacable, sin explicar nunca por qué el error señalado era tal; mientras que mi amigo era un fiscal acucioso, divertido, dispuesto a hacerme preguntas difíciles y desentrañar conmigo las intríngulis de un idioma español que para él se pervertía siempre por pereza mental.

Curiosamente, una vez mi amigo dejó que yo usara su cuenta de Messenger y respondiera los mensajes de quienes le habían escrito a lo largo de ese día. Seguro habrá sido mucha gente la que, sin saber que eran míos, recibió chats en los cuales no solo empleaba léxico parecido al de Guillermo, sino que además cuidaba las formas gramaticales más obsesivas de su estilo: comas, puntos y seguido, mayúsculas y minúsculas, etcétera.

Ahí, de plano, me terminé convirtiendo en corrector de textos. Porque esta labor no solo consiste en añadir o quitar tildes: es eso y también meterse en la piel del que escribe y corregir en función de lo que quiso decir el autor al emplear haiga en la voz de un personaje que usa ese arcaísmo desde su condición de habitante del siglo XVII o a partir del léxico que utiliza por influencia del círculo humilde o rural en donde se crio.

Pero ¿por qué tanta habladuría, tanta verborrea? Pues porque hoy cumplo 70 obras corregidas en mi carrera como corrector. Se dice poco, pero a los 26 años he mejorado novelas, libros de cuentos, poemarios, textos de investigación (en grados de licenciaturas, maestrías y doctorados), documentos profesionales (jurídicos, empresariales, médicos) y hasta mensajes publicitarios e informativos.

Dicha hazaña —así como Ibai y AuronPlay consideran la suya alcanzar cierto número de suscriptores en YouTube— quiero dedicársela a cuatro individuos que me han ayudado a formarme como obseso del bene dixit. Los dos primeros, como se imaginará el lector, son mi abuelita materna (1940-2017) y Guillermo Goussen Padilla (1954-2020). Y los otros dos son José Martínez de Sousa (El Rosal, Pontevedra, 1933) y Alicia María Zorrilla (Buenos Aires, 1948), ambos maestros de maestros en el ámbito de marras, profesionales multifacéticos que han elaborado biblias de la corrección idiomática que cualquier escritor debería considerar forzoso leer, si no quiere pecar de ignorante toda la vida. En mi caso, les deberé seguir incurriendo en el bello, silencioso y apasionante oficio de cazar deslices.

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