Prisión y literatura

Prisión. Revista Galaredas

Prisión. Revista GalaredasPor Adolfo Marchena

El tema de la cárcel genera, en la mayoría de los casos, rechazo y comentarios negativos. Otro estereotipo más, que no dejarán de existir en cualquiera de los ámbitos de la sociedad, bien sea a nivel cultural, social, religioso o político. El escritor, crítico de arte y pintor John Berger dijo: En la cultura de la globalización no se percibe otro lugar ni otro modelo que el de la prisión; y la inteligencia humana queda reducida a la avidez. Muchos escritores que acabaron entre rejas aprovecharon el tiempo para escribir. También hubo otros que, no siendo literatos, combatieron la privación de libertad pariendo libros. Es el caso de Edward Bunker (1933-2005). Siendo un niño entró en su primer centro de acogida para acabar, más tarde, en correccionales y, finalmente, en las prisiones más horribles de Estados Unidos, como Folsom o San Quintín. En Educación para un ladrón relata su vida desde que entra por primera vez en un centro de acogida hasta que sale en libertad en 1975, tras cumplir su última condena. Escribir se había convertido en la única posibilidad de escapar del cenagal de mi existencia, confesó. Se convirtió en un ávido lector y publicó novelas como No hay bestia tan feroz, Perro come perro, Huida del corredor de la muerte o Little Boy Blue.

A Henry David Thoreau lo encarcelaron por oponerse a la guerra y la esclavitud y negarse a pagar impuestos (debía seis años). Solamente pasó una noche entre rejas pero le bastó para concebir el ensayo Desobediencia civil. Considerado un precursor del pacifismo, la mencionada desobediencia y el ecologismo, inspiraron a figuras como Gandhi o Luther King. Tras ser apresado anotó: Bajo un gobierno que encarcela injustamente, el lugar para el hombre justo es la cárcel. El novelista Fiódor Dostoyevski fue arrestado y condenado a muerte acusado de formar parte de círculos revolucionarios que se proponían derrocar al zar Nicolás I. A punto de ser fusilado en San Petersburgo su pena fue conmutada por trabajos forzados. Esta experiencia, obviamente, transformó su vida. Separado de las élites intelectuales urbanas, en Siberia descubrió y entendió otra realidad, más cercana al pueblo ruso. Se puede decir que a Dostoyevski, así como a Cervantes, su estancia en prisión les inspiró obras maestras. Miguel de Cervantes soportó las mazmorras de Argel durante cinco años. Gracias al pago de quinientos escudos por parte de Fray Juan Gil pudo abandonar la prisión. Años después es recluido nuevamente en la Cárcel Real de Sevilla. En su celda, como lo suscribe el propio Cervantes en sus páginas, engendró al Quijote. No sucedió lo mismo con Oscar Wilde. Cuando le condenaron se encontraba en la cima de la fama. Para entonces ya había publicado su obra más célebre, El retrato de Dorian Gray (1890). Todo cambió cuando el dramaturgo recibió una tarjeta del Marqués de Queensberry llamándole “sodomita”. El escritor le demandó pero se volvió en su contra ya que el jurado le condenó por “graves indecencias” a dos años de encierro y trabajos forzados. A la salida de prisión se exilió en Francia, hasta su muerte en 1900. En su etapa de privación escribió De Profundis, un libro de carácter epistolar y testimonial de sus años de aislamiento. En la Balada de la cárcel de Reading, Wilde escribe: Jamás vi a nadie que mirara / con ojos tan ansiosos / la pequeña tienda azul / que los presos llaman cielo, / y a cada nube fugitiva / que cruzaba con velamen de plata.

Fanny Hill, de John Cleland, cautivo en la londinense cárcel de Fleet por deudas impagadas, también escribió esta obra en su celda. Considerada como la primera novela erótica de la historia, provocó tal escándalo que Cleland, en el juicio, renegó de la obra para evitar volver a chirona. Jean Genet contaba que escribió Santa María de las Flores en la prisión de Fresnes para escapar del horror de la experiencia carcelaria. Genet estaba condenado a muerte cuando escribió la novela, pero gracias a la ayuda de Picasso, Sartre y Cocteau pudo conmutar su pena y salir en 1949. No volvió a pisar la cárcel, un caso de redención a través de la escritura como sucedió con el citado Edward Bunker. El Marqués de Sade fue encerrado por veintisiete años, entre “manicomios” y la prisión. Le prohibieron escribir y le quitaron, incluso, el carbón que usaba para pintar en las paredes. Llegó a cortarse las venas y usó su sangre y sus sábanas para garabatear. A pesar de todo, se las arregló para escribir Justine o los infortunios de la virtud. No sin cierta ironía, escribió: Los entreactos de mi vida han sido demasiado largos.

Son muchísimos los escritores que han pasado un día, o una temporada, en prisión: el fraile Tommaso Campanella, Tomás Moro, San Juan de la Cruz, Quevedo, Voltaire, Verlaine, Ken Kesey, Eduard Limónov, Brendan Behan, Anne Perry, Malcolm Braly o Henri Charrière, autor de Papillon, una de las mejores novelas carcelarias de todos los tiempos. Condenado a trabajos forzados a perpetuidad por asesinar a un proxeneta fue abandonado en una colonia penitenciaria de la Guayana francesa, donde Charrière trató de escapar por todos los medios. Tras varios intentos y recapturas, acabó plasmando su odisea en una novela que se convirtió en un best-seller instantáneo. En la novela Los días iguales de cuando fuimos malas (2017), Inma López Silva, se ambienta en el módulo de mujeres de una cárcel. En una de sus respuestas en entrevista de Marta Medina, (El Confidencial, 22-1-2017) dice al respecto: Antes de empezar a escribir pensé en que quería hablar sobre dos temas: la libertad y el mal. Además, sobre la libertad vinculada a las mujeres. Entonces se me ocurrió que el módulo de mujeres de una cárcel era un espacio idóneo para tratar esas dos cuestiones.

Tras los muros, de Luis Beldi, es una historia de corrupción y cárcel en Argentina. La picaresca funciona también intramuros, donde el lenguaje se transforma en argot carcelario con palabras o expresiones como abrirse (huir), agua, queo (voces que se utilizan para prevenir de la llegada de alguien no deseado), chorar (robar) o diquelar (mirar); y la ley es otra; la del talego. Explorar ciertos terrenos desde fuera nos puede resultar exótico. Pero soy consciente de la realidad y me acojo a las palabras de Jean-Jacques Rousseau, cuando dice: Gente libre, recordar esta máxima: podemos adquirir la libertad, pero nunca se recupera si se pierde una vez.

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