Lengua, dialecto e independencia

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Lengua, dialecto e independencia

El vocabulario, el acento y el empleo de frases hechas va por barrios. Así, el andaluz de Sevilla no es igual para los pobladores de Triana que para los que residen en el distrito Macarena-Feria. A medida que nos alejamos de la capital las diferencias se acentúan, tanto que ni siquiera parece que estemos en la misma provincia o la misma región. El ceceo o el seseo se manifiestan según la población o el barrio, concediendo a cada zona un marcado cariz personalista que lo aleja de la propia lengua castellana y del dialecto andaluz que hablan en lugares cercanos.

Lo mismo sucede con el español de Madrid, que va transustanciándose por barrios y distritos hasta el punto en que un vallecano y un madrileño de Chamberí puedan preguntar muchas veces «¿qué?» en el transcurso de una conversación baladí. La presión demográfica de algunas regiones ha ido configurando los acentos locales de las diferentes áreas de la capital madrileña, desde Cuatro Vientos hasta Moncloa. Así, los cantarines extremeños y sus fabulosas frases hechas han cedido parte de su musicalidad a populosas áreas de Aluche, Campamento y Carabanchel (es solo un ejemplo).

Es por esto que los distritos de Madrid o Sevilla cuyo habla se diferencia de forma más manifiesta, deberían pedir la independencia de España en los mismos términos que lo están haciendo los iluminados catalanes por la secesión: basándose en cuestiones lingüísticas para justificar tales desmanes.

De la misma manera, aquellos países cuyo idioma oficial es el español deberán pensarse muy mucho regresar a la corona española y así volveremos a disfrutar de un bonito imperio transoceánico: Perú, Chile, Argentina, Colombia, Cuba, Guinea Ecuatorial, el Sáhara Occidental… en todos estos lugares se habla un castellano fluido —aunque los cubanos se olvidaran hace tiempo de la letra «r»— y en algunos emplean la lengua de Cervantes de manera formidable: mejor que nosotros mismos, con ese punto dieciochesco que tanto me agrada. Solo filipinos y aleutianos se nos resistieron, por lo que a ellos no les vamos a permitir la vuelta al imperio español (faltaría más). También se vendrían al renovado imperio algunos estados de Norteamérica: por lo pronto Puerto Rico, donde el español es oficial, y seguramente Florida, Tejas y Nuevo México. Los demás, ya vamos viendo.

Todo esto habrá que hacerlo tras un referéndum ilegal, eso sí.

Pero el problema idioma-soberanía lo tienen, sobre todo, países tan hospitalarios y avanzados como Suiza o Bélgica, donde son algunas las lenguas externas de las que dependen para poder hablar de extradiciones fallidas y estas cosas: de este modo, Suiza deberá dividirse en tres y pasar a formar parte de Alemania, Italia y Francia. Por su parte, los belgas deberán repartirse entre Alemania y Francia, quedando solo unos pocos aflamencados por allí.

Esta bobada que acaba usted de leer solo tiene sentido para probar cómo el idioma y la independencia de un territorio no guardan la menor relación. Lo malo no es que algunos se empeñen en lanzar el catalán como uno de los argumentos principales a favor de la independencia, lo malo es que una masa con la cabeza llena de TV3 se lo trague, ignorando que el catalán de ahora tiene su origen en Aragón y hubo de recomponerse artificialmente dada su alta dispersión y diferenciación por tierras catalanas, donde casi hubo un catalán en cada masía hasta la llegada de la democracia y el advenimiento de la unificadora TV3.

Señores independentistas, dejen ustedes en paz la lengua en su cruzada contra España y traten de emplear otras argucias: argumentos no pueden porque la historia se los niega.

Luis Folgado, editor.

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