¿Dónde nacen las palabras?

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¿Dónde nacen las palabras?

Estoy cenando  en uno de estos restaurantes de Madrid donde la comida es escasa y la tontería abundante. Me aburre la conversación: mis contertulios, no contentos con haber derrocado a varios gobiernos y desterrado a media docena de políticos regionales, la emprenden ahora con los independentistas. No puedo más. Por fortuna, tres muchachas que no rebasan los treinta casi comparten mesa con nosotros; tanto como apuran el metro cuadrado en estos lugares en aras de la diosa facturación.

No me gustan las discusiones políticas y mucho menos las que tienen lugar entre amigos, donde la razón se va repartiendo equitativamente sin que llegue a haber debate real. Más que discusiones parecen lugares comunes en los que no arriesgarse a perder a ninguno de los miembros por algo tan estúpido como una subida de tono ideológica.

Cuando llegan los cafés, disuelvo mi atención entre las jóvenes que no paran de chismorrear (los hombres también chismorreamos —reconozco—, no quiero acabar en la cárcel por machista) y me alegro de tenerlas tan a mano porque sus expresiones resultan un tanto pijas y muy divertidas. Reproduzco aquí algunas de ellas:

«—…¡Jo, qué subidón!», «…—es una pasada», «…—me comí el marrón», «…—me di el piro»…

Seguramente, estas mozas tan finas, nacidas y criadas muy cerca de la Plaza del Marqués de Salamanca, desconocen que el origen de estas expresiones se encuentra muy lejos de allí, en lo más profundo de la sociedad, en lo más bajo del sustrato social: la cárcel, la gitanería o el entorno de la droga. En efecto, el término «subidón» se empleó originariamente para describir la sensación inmediata a la inyección en vena de un «pico» de heroína cuando la sustancia era lo suficientemente pura como para conceder al usuario un viaje feliz. Paradojas del lenguaje, ahora se utiliza la misma expresión para referirse a cualquier emoción positiva, venga de donde venga y la sienta quien la sienta, incluidas universitarias de clase alta. Una «pasada» proviene del lenguaje pasota de los años de la droga, los 70 y 80, cuando los yonquis se esparcían por los vertederos del Madrid de las primeras libertades democráticas. Se podría traducir como «algo enorme, distinto, descomunal o sorprendente» y en la actualidad su uso es tan común como el de otros adjetivos tradicionales. Los internos comentaban «me estoy comiendo un marrón de cinco años (o los que fueran)» después de que la esperada sentencia les llegara desde el tribunal dentro de un sobre marrón (todavía son de este color). En boca de una elegante fémina del barrio alto suena bien diferente, casi elegante, hasta distintivo, pero el origen de la expresión no puede ser más humilde. «Darse el piro» tiene su origen en el dialecto caló y se refiere a la necesidad imperiosa de echar a correr después de que «picoletos» (guardias civiles) o «municipales» (policías locales) hicieran acto de presencia. Esta expresión me recuerda a otra muy similar que muchas veces escuché a los trileros romaníes por mis andurriales sevillanos: «agua, la pestañí» (vámonos, la policía).

¡Qué cosas!, mientras unos preparadísimos prohombres se desgastan entre ideologías políticas y opiniones versadas en economía o sociología, el lumpen de este país se dedica ¡nada menos que a inventar palabras que luego usaremos todos! Es fantástico cómo el lenguaje sigue siendo lo único que no se nos puede imponer desde arriba, es el verdadero territorio de la libertad que, tarde o temprano, acabaremos pisando todos.

El toreo, el boxeo o las gentes de la mar resultan otras fuentes inagotables de expresiones que acaban siendo empleadas por todos: «rematar la faena», «tirar la toalla» o «irse al pairo» son solo algunas de estas frases hechas capaces de enriquecer nuestro idioma desde abajo hasta arriba y que pueden emplear subalternos, segundos del ring o marinos, en su sentido puro, y ministros o presentadores televisivos con su nueva acepción.

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